Discurso dado por su Eminencia el cardenal Larraona

EN OCASIÓN DEL FUNERAL DE LA PRIMERA MAESTRA TECLA MERLO

Hemos sentido, gustado y penetrado con la mente y con el corazón las palabras que Jesús decía a Marta: «Ego sum Resurrectio et Vita; qui credit in me, etiam si mortuus fuerit, vivet; et omnis qui vivit et credit in me, non morietur in aeternum» (Jn 10, 25-26).

¡Cómo es bella la vida cuando se la comprende! ¡Es toda divina, toda eterna! ¡Es el prólogo de la vida verdadera!

Cincuenta años atrás, en la ciudad de Zaragoza, moría un santo Sacerdote – y santo apóstol de la prensa – y que decía a sus co-hermanos: «No hacer de mi muerte una tragedia: no lo es; en cambio, es un drama que termina en la gloria». No hagan de la muerte de su Primera Maestra una tragedia; es un drama que termina en la gloria.

Cómo es bella la vida cuando digo: « ¡Yo creo en la vida eterna!» tengo la llave de toda mi vida. El Señor podía crearme ya unido a Sí, feliz para siempre de su felicidad por ser hijo, heredero y co-heredero de su Hijo Unigénito, que se hizo primogénito de muchos hermanos… Podía hacerlo, pero me ha dado la libertad, y teniendo yo la libertad debo usarla totalmente para mi vida. Debo decir con consciencia un bello sí al Señor, Quien, al crearme, me decía en lo más profundo de mi corazón: « ¡Sé digno de mí!». Toda mi vida debe ser una respuesta afirmativa y continua.

A veces, como en la vida de su Madre, la respuesta es un bello «sí» decidido y claro. « ¡Sí, Señor, porque sé, lo que soy, lo que valgo y lo que hago! Soy hija de Dios; me siento hija, vivo, pienso, hablo, sufro, rezo como hija».

Algunas veces se responde también con un «no» seco y duro; otras veces con un «sí» incierto. « ¡Pero aquel minuto pasa…!». No, no pasa: existe íntima y perfecta relación entre esta vida y el libro de la vida. El tiempo no pasa sin dejar huellas en la eternidad: ¡cada minuto se escribe y así llena el libro de la vida eterna!

¡Cómo es bella la vida! Dios mi ha hecho su hijo porque quería donarme su misma felicidad. Pertenezco a la familia de Dios.

¡Cómo es bella la vida! El sol nunca se esconde: lo que llamo ocaso, es la aurora de una nueva vida que no tiene ocaso jamás. ¡Cómo es bella la vida!

¡Cómo es bella su vida! Cuando las veo, no las cuento, porque es difícil contarlas. Recuerdo toda la parábola ascendente: como un rayo se deslizó y ahora cubre de sí el horizonte. Fue la pequeña semilla de mostaza. Ustedes no saben y no pueden saber cuánto se ha sufrido, trabajado, cuánto se ha rezado… ¡Ustedes ahora encuentran las cosas hechas: pero las cosas no se han hecho solas… cuánta fatiga, cuánto trabajo, cuántas inspiraciones, cuántas correspondencias, cuántos sacrificios, cuánta fe!… ¡Cuánto creer verdaderamente «contra spem in spem credidi» (Rm 4, 18), para convertirse en padre de muchos hijos! Es una vida que es un poema, el inicio de una vida religiosa. Dios pensó en ustedes, en cada una de ustedes, cuando preparaba su nido, es decir su cuna, su familia, todo aquel ambiente de perfección y de apostolado que es su Congregación. La Primera Maestra en todo este trabajo ha sido la parte principal con el Padre; ha sido un poco la Madre de todas las familias paulinas, porque el desarrollo ocurrió poco a poco, tuvo sus crisis acompañadas por preocupaciones, por amarguras, por lágrimas… Yo he sido testigo de algunas de ellas, testigo siempre edificado y siempre partícipe con mucho interés, si bien externamente no aparecía siempre así: ¡debía ser así! AI principio las cosas no han sido siempre claras; se aclararon poco a poco. El Señor hace siempre así, como en la naturaleza: el sol no sale sin las auroras, sino que crece poco a poco: si surgiera inmediatamente y viviéndolo como en el mediodía, nuestros ojos no podrían soportar la vista; en cambio van habituándose un poco a la vez…

Es bello hacer el resumen, el balance de una vida que para ustedes fue tan plena de entrega, de actividades, que fue un punto de Providencia.

Yo la recuerdo. No he tratado mucho con su Primera Maestra, desde el punto de vista personal, por decir así; pero la recuerdo: daba la viva imagen de lo que era: todo límpido y claro en ella, ninguna exageración. Es la verdadera palabra de S. Pablo: «Modestia vestra nota sit omnibus hominibus; Dominus enim prope est» (Filp 4, 5). Se percibía que sentía a Dios, que unía maravillosamente la contemplación a la acción: la contemplación se hacía viva, trasformada en vida, de la cual no se habla mucho, sino que se actúa apoyándose no en lo que se ha sentido decir, sino sobre lo que se ha vivido. Entonces se habla muy diversamente. Nosotros conocemos Roma y hablamos de Roma con otro modo de cuando hablábamos por sentir decir, por haber leído. El contemplativo habla de las cosas que vive en contacto inmediato, porque vive con Dios, vive por Dios y habla de modo que no se puede tener dudas; lo reflexiona todo: en la palabra, en la inflexión de la voz, en el rostro límpido y sereno, en la compostura, en el dominio de sí mismo, en la modestia: en todo esto transparenta a Dios. ¡Verdaderamente contemplativa, la Primera Maestra! Contemplativa en la acción, porque también en la acción puede ser contemplativa. Unir siempre Marta a María como ha hecho la Virgen, ya que este es el modelo perfecto. En la liturgia antigua de la fiesta de la Asunción se leía en la Misa el Evangelio de Marta y María, también por esta razón, es decir porque la Virgen tenía perfectamente unida en sí la una y la otra vida. No dos vidas, sino una sola vida, simplificada, sintética; una vida en la que todo es ver a Dios, todo es servir a Dios, todo es comunicar a Dios. Esta la vida vivida por la Primera Maestra, una vida tan intensa, hecha de trabajo, de preocupaciones, de impulsos, de atenciones hacia muchas hijas y muchas casas, viajando siempre de aquí y allá… Esta vida expresaba bien lo que había visto y escuchado, gustado y saboreado en la meditación: después pasaba a la acción, que, como un rumiante, le ofrecía elementos de nueva meditación. Llevaba en sus ojos dos faros como el automóvil que ilumina su camino, y tenía a Dios en su corazón. Encontraba al Dios de su corazón vivo en las criaturas. ¡Cuántas experiencias lo confirmaban y cuántos datos documentaban aquello que había gustado en las meditaciones, hasta que volvía después a la meditación enriquecida de nuevas especie de Dios, para saborear aún las otras!

¡Cómo es bella la vida así unificada! Es la vida del Hijo y de la Hija de S. Pablo, su vida. Una vida movimentada, preocupada, totalmente orientada al libro y al periódico. Si se pierde la paz, la calma y el contacto con Dios, no existe luz. En cambio, si los corazones están en contacto con Dios, entonces hay luz, calor y fuerza. Cuiden que sus corazones estén siempre en contacto con Dios: entonces toda la actividad será santificada. Por la inefable bondad de Dios que se ha hecho hombre y ha vivido en todo una vida divina y humana, también yo puedo vivir no solamente como hombre recto e íntegro, sino como hijo de Dios; mi vida entonces se convierte en divina porque es participación de la de Dios. La vida de la Primera Maestra fue justamente así.

Verdaderamente maravillosa, es la unión de la contemplación con la acción, maravillosa la unión del trabajo más constante, más asidua, más fatigosa con la fidelidad a la vida interior. Este trabajo continuo, cuánta calma, cuánta luz, cuánta paz, cuánta fuerza daba al alma de su Madre. Siempre hablaba en voz baja, pero dominaba. Recuerdo una Superiora General de las Damas del S. Corazón que decía: «Una mujer capaz, siempre debe hablar con dulzura»: Así su Primera Maestra. Pero junto a la dulzura, a la paz y a la calma ¡cuánta fuerza! Poseía aquella fuerza suave que se domina y domina; que sin querer se impone, no impone fuertemente, sino dulcemente, con aquella fuerza a la cual no se resiste.

La Primera Maestra no es solamente su Madre, sino también su Modelo. Cada Hija de S. Pablo que quiere ser digna de este nombre, debe reflejarse en Aquel, que siempre y en todas partes, en todo y a toda costa, fue el modelo perfecto de la Paulina. Verdaderamente ya no se veían más en ella los defectos. Defectos los tenemos todos, sin duda, porque solamente Dios es perfecto: pero ella todos estos defectos, frente a nuestra poquedad, parecían virtudes, virtudes que no llegaban a todos, que no lograban abrazar todos aquellos puntos que Dios quería… La Primera Maestra es su verdadero Modelo. Cópienla en ustedes. No se ofendan si se les repito, pero su resentimiento es dulce porque las impulsa aún más a la fidelidad filial. El Modelo lo tienen: refléjense en él, hagan como ha hecho la Primera Maestra. Desde el Paraíso, ella les puede repetir con S. Pablo: «Imitadores mi estote sicut et ego Pauli, sicut et ego Christi!».

La Primera Maestra ha sido su Madre. El Señor decía: «No tengan la autoridad como la tienen los paganos, aquella autoridad que oprime; su caridad sea diversa: la autoridad que guía, que sostiene, que estimula, que infunde confianza y si fuera necesario, que sabe tomar al hijo entre los brazos y llevarlo… San Pablo decía: «Pueden tener también diez mil pedagogos, pero siempre tendrán un solo Padre». Los fundadores de órdenes religiosas pueden decir esto con verdadera y profunda razón. Las Constituciones son el Evangelio concentrado, verdadero y completo, porque solamente cuando es Jesús quien manda o aconseja, el consejo o el mandato se convierten en una ley, ley de amor que yo cumplo con amor y por amor. Aún más, hago de esta ley mi norma obligatoria, justamente como si fuera obligatoria la caridad que me estimula. La maternidad, aquella maternidad que tiene tantas manifestaciones, que tiene tantas explicaciones, que hace entender e intuir, es caridad sublime. No sólo caridad de la mente, sino caridad del corazón, caridad de las obras. Saber compadecer, saber encontrar atenuantes, saber darse cuenta de todo: esta caridad conquista. Cuando una acción nuestra no es bien interpretada, nos sentimos heridos; en cambio, cuando somos tan buenos aun cuando aquello que no ha sido hecho bien no se le hace pesar, entonces funciona la verdadera caridad.

La Primera Maestra tenía la intuición, la previsión y la providencia: pensaba en todas, estaba siempre presente en todas partes, tal como la paterna, dulce y fuerte Providencia de Dios, que al mismo tiempo, es sabiduría, poder y bondad. Todo ocurre porque Dios sabe, porque Dios quiere y ocurre como quiere Dios: ¡ningún hilo escapa de la mano de Dios! ¡Es bello ver en sus siervos un rayo de esta inefable Providencia de Dios! Prever y proveer, después hacer, hacer sin ruido: el ruido no hace el bien y el bien no hace ruido. Hacer, hacer para todos, con mirada previsora, con corazón magnánimo, con visión generosa; y hacer para cada uno. Dios ama a todos y a cada uno de nosotros como si fuéramos solos. No quita nada al amor de Dios para mí el hecho que Dios ama también a mi hermano como su hijo. Es consolador pensar: «Me ha amado verdaderamente mucho. Dilexit me – decía S. Pablo de Cristo: todo lo que ha hecho, lo ha hecho pensando en mí, amándome y haciéndolo todo por mí». Lo mismo ocurre en los superiores cuando son verdaderamente padres y madres de las almas. Aún más ocurre cuando tienen en sus manos el peso de todo el Instituto, peso a veces aplantante, si bien siempre dulce. Cada una de ustedes puede decir con verdad: «La Primera Maestra me quería verdaderamente mucho, me ha querido mucho también cuando me ha corregido, aún más me corregía justamente porque me quería mucho. A lo mejor yo no lo comprendía: pero era así». Cada una de ustedes se ha sentido abrazada por aquella solicitud materna que sabía intuir, sabía prever, que tenía para todo un remedio y una consolación.

¡Santa religiosa! ¡Santa Superiora! ¡Santa figura de Apostola y de Apóstoles de la prensa!

Grande es la misión que se les ha confiado: hacer el bien, llevar la luz, ser luz de todos, no solamente de pocos o de algunos. San Ignacio, justamente porque era guía de sus hijos, se preguntaba cuáles eran los ministerios que debía preferir y decía: «Siempre aquellos que son más universales, porque el bien es tanto más divino cuánto más vasto es».

¡Cuán bella es su vocación! Ella es universal, es divina. El gran filósofo Vaines, hombre equilibrado, que dirigía periódicos, solía decir: «para mí es una alegría profunda pensar que en la mañana muchos leen lo que he escrito, con la mente iluminada y el corazón deseoso de comunicar el bien». Ustedes, hermanas pueden decir: «No solamente los hombres que forman esta generación, sino también aquellos que vendrán después y leerán lo que he escrito o impreso, se pondrán en contacto con mi mente que ha pensado en ellos y ha deseado comunicar la luz a sus mentes y el amor a sus corazones, porque escribía con la mente iluminada por la luz de Dios y con el corazón encendido por el amor de Dios». ¡Esta misión es verdaderamente bella! ¡Ámenla! Por ella den todo lo que son y lo que tienen. Recuerden que aquella pasión que les ha sido comunicada, ha sido encendida antes en aquellos que ahora la transmiten: llama de llama, luz de luz, vida iluminada por una vida iluminada y ardiente. He aquí pues, la primera discípula, la Primera Maestra que ahora la piensan, recuerdan y la sienten aún viva. Ha sido verdaderamente amable, dulce y materna. Ténganla como su modelo perfecto. «Yo creo en la vida eterna»: nosotros creemos en la vida eterna y vemos a la Primera Maestra siempre viva en Dios.

Ahora les presento mis condolencias. S. Pablo decía: «No lloren como aquellos que no tienen esperanza». También nosotros podemos llorar porque la presencia viva de una persona es siempre de gran consolación; pero al mismo tiempo debemos gozar íntimamente ya sea porque merecen las congratulaciones y porque estamos seguros que «fidelibus tuis vita mutatur non tollitur, et dissoluta terrestris huius incolatus domo, aeterna in coelis habitatio comparatur».

José Cottolengo decía: «tengan fe, pero de aquella». Ustedes tienen la fe y quieren que todos tengan fe y vivan de fe. Y bien, este momento es el momento de practicar su fe fe respecto a la Primera Maestra. Dentro de poco oiremos cantar: «In Paradisum deducant te Angeli»: es bello cantarlo y gustarlo en vida. Lo sentirà también la Primera Maestra cuyo féretro está entre nosotros. Cuando las cosas están así, no queda otra cosa que darles las congratulaciones: ¡congratulaciones hijas! Ahora tienen a su Madre y su Modelo en el Paraíso; desde allá ella les repite: «hagan como he hecho yo y recibirán lo que yo he recibido ».

Recuerden que es su Madre y que tiene mucha parte en sus vidas. Recuerden que ha sido Apostola y quiere que se asemejen a ella no tanto en la vida religiosa vivida en fidelidad y profundidad continua, sino también bajo el aspecto del apostolado. Nosotros no creemos solamente en las grandes y maravillosas cosas de la vida terrena, sino que creemos también en la comunión de los Santos: verdaderamente no estamos solos. Ay de aquel que se aísla. El mal más anticristiano es el egoísmo. Si uno dice: «basta que me salve yo; los demás se la arreglen»: estos no se salvarían, porque la verdadera caridad está realmente en el cuerpo, es vivir en comunión con los otros, es participar al cuerpo social y comunitario, en el cual hemos sido puestos. Si un rayo se separa del sol, se apaga; si una rama se separa del árbol, se seca; si un miembro se separa del cuerpo, muere: no tengan una caridad oscura, una caridad seca, una caridad muerta; tengan la caridad perfecta por la cual todo aquello que hacen, repercute en los miembros que están unidos por la gracia. Aún más, repercute no solamente en los miembros de la Iglesia militante, aún peregrina, que combate en la lucha, sino también en los miembros de la Iglesia purgante, que están en el purgatorio y en los miembros de la Iglesia triunfante que están en el Paraíso. Bello y consolador es el dogma de la Comunión de los Santos, por la cual la vida de los beatos está en contacto continuo con la nuestra y nosotros podemos estar siempre unidos a ellos.

No es sólo un recuerdo, sino una dulce realidad: la Primera Maestra está viva y las espera. Desde el Paraíso las miras, las guía, las ayuda y les comunica cuanto era y tenía.

Congratulaciones, exhortaciones y confianza; coraje y agradecimiento a Dios. Adelante. Vivan de modo cada vez más digno de aquella grande gracia que es su vocación religiosa, su vocación apostólica, su vocación al apostolado de las comunicaciones sociales y de la prensa.

¡Así sea!

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