Mi experiencia con Maestra Tecla

Abril de 1952. Apenas entrada en Congregación. Tenía 13 años. La casa de Porto Alegre en el Estado de Rio grande do Sul, repleta de niñas y jovencitas, la mayoría proveniente de familias numerosas, católicas descendientes de emigrantes italianos, alemanes y polacos… Todas deseosas de hacerse religiosas, aunque la mayoría regresó luego a su familia antes de haber entendido qué significaba realmente ser religiosa. En Porto Alegre, en el aspirantado de ese tiempo, faltaba casi todo. Sin embargo, éramos felices y entusiastas de la vocación paulina. Se trabajaba, se estudiaba y se jugaba mucho. Nuestra felicidad en ese año creció casi infinitamente cuando nuestras maestras nos comunicaron que debíamos ser más buenas porque alguien muy importante, vendría a visitarnos. El suspenso de algunos dias nos ha ayudado seriamente a hacer más buenas y más generosas.

Finalmente la esperada noticia: El Primer Maestro y la Primera Maestra, llegarían dentro de algunos días. La casa debía estar limpia, los cantos afinados, nuestros cabellos ordenados con trenzas bien hechas. ¿Y nuestros uniformes? Teníamos solo dos. Por supuesto en esos dias tendríamos que usar el más hermoso y debíamos tener mucho cuidado de no ensuciarlo.

Así llega el día tan esperado. Todas en la Iglesia para dar la bienvenida a los dos santos. Luego a algunas privilegiadas se les concede besar la mano del Fundador y recibir el abrazo de la Maestra Tecla. Recogidas todas en la capilla, al día siguiente, hemos participado en la Santa Misa presidida por el Primer Maestro y con infinita alegría y también un poco de temor, hemos recibido la comunión de sus manos. ¿Por qué teníamos temor? Porque nos habían dicho que, él era capaz de leer dentro nuestro y ver si teníamos o no vocación.

Maestra Tecla, en su dulzura y atención nos ha dirigido la palabra, exhortándonos a ser: dóciles, abiertas como un libro con nuestras maestras, alegres por el hecho de ser aspirantes paulinas; rezar mucho y querer bien a la Virgen porque sería ella, la que nos formaría a la vida paulina, si esa era la voluntad de Dios para cada una de nosotras.

Los pocos días que se quedaron con nosotras fueron toda una fiesta, un retiro, una bendición que me confirmó el deseo de ir adelante en ese camino que todavía era toda a una incógnita. Después de casi 70 años recuerdo, como si fuera ayer, esa visita y esos encuentros que dejaron en nosotras, adolescentes y jóvenes, un profundo anhelo de Dios, un intenso deseo de santidad. Sí, de santidad, porque hemos sentido el perfume de santidad en aquellas dos figuras tan serenas y tan atentas a nuestra realidad carente de casi todo aquello que podía ser comodidad, pero todas llenas de entusiasmo y de alegría.

En los años siguientes varias fuimos bendecidas con la visita de padre Alberione y de Maestra Tecla. Siempre han sido llenos de expectativa, de gozo dejando huella en nosotras, ya adultas, un fuerte estímulo para responder positivamente a la llamada del Señor en la vida paulina. Pero lo que dejó una marca indeleble en mi vida ha sido el encuentro con Maestra Tecla, durante su última visita a Brasil. Entonces era una joven profesa y en ese tiempo estaba recién abierta la casa de Australia.

Dos jóvenes profesas brasileñas, Lidia Dalpozzo y Silvana Candian, hacía poco tiempo habían partido para formar parte de la naciente comunidad de Sídney. En mi corazón crecía el deseo de unirme a ellas para comunicar el Evangelio al pueblo de Oceanía. Pero ¿cómo hacer saber a los superiores que tenía este deseo? Me sentía pequeña, ignorante, incapaz e insuficiente en todo. Después de haber pensado y rezado largamente tomé el coraje para aprovechar la visita de Maestra Tecla y expresarle mi deseo y quizás… ser acogida por ella y ser enviada enseguida a Australia. Sentía que mi corazón ya estaba allá.

Con confianza, pero también con un poco de temor, me acerqué con un italiano ciertamente incipiente y logré manifestarle mi deseo. Maestra Tecla con la atención maternal que la caracterizaba me escuchó, luego por un momento se quedó en silencio, mientras yo permanecía con la respiración en suspenso. Finalmente la sentencia: « ¡Quizás sea mejor que te quedes aquí!».

La certeza que la palabra de Maestra Tecla para mi revelaba la voluntad de Dios, su respuesta, aunque negativa, no ha frustrado mi sueño misionero que el Señor, muchos años después, de un modo diverso encontró la forma de hacerlo real. De hecho, en edad adulta, Él me propuso la misionariedad llamándome al servicio del gobierno a nivel general. En esos años, precisamente, he descubierto y vivido la presencia materna y sabia de Maestra Tecla. En sus escritos y particularmente en el diálogo que hacía con ella, en esos largos viajes para visitar las comunidades por el mundo; Maestra Tecla ha sido para mí siempre más madre, maestra y amiga. En estos diálogos y reflexiones me ha enseñado a amar a las hermanas, acogerlas en sus realidades concreta sin distinción de proveniencia, edad o nivel académico.

Haciendo memoria de estas enseñanzas, entre tantas otras, todavía encuentro muy actual tres enseñanzas que ella impartía a las superioras, a las formadoras y a las hermanas dedicadas a la coordinación de los sectores apostólicos y administrativos: la oración, la actitud materna y la preocupación por las hermanas, ayudándolas a asumir con libertad y responsabilidad sus propias tareas.

Maestra Tecla fue verdaderamente maestra de oración. A través de su ejemplo y sus enseñanzas, recibidas del Primer Maestro, pero también de los maestros de oración de la tradición cristiana, ha aprendido a amar la oración en sus diversos grados y expresiones: oral, meditativa, contemplativa, silenciosa, personal y comunitaria. Maestra Tecla, estaba convencida y enseñaba que «la oración es el pulso, es el respiro de la vida espiritual». Decía: «Quieren saber si un alma camina espiritualmente…si una persona reza, es signo que espiritualmente está bien; si no reza, no puede permanecer de pie». A las superioras insistía sobre el deber no solo de ser mujeres de oración, sino de ayudar a las hermanas a hacer de la oración el compromiso de cada día: «la primera cosa es la piedad».

Otra enseñanza que he acogido y que he intentado poner en práctica en el servicio de mi gobierno, es que la relación reciproca debe basarse sobre el respeto, sobre la benevolencia y para quien tiene la tarea de gobierno la relación debe ser siempre más fraterna, debe expresar la maternidad de la Congregación hacia sus miembros. Decía a las superioras: «Ante todo con las hermanas ser maternas». Con mucha sabiduría Maestra Tecla, sabía traducir en la práctica, pero también en los escritos, como vivir la maternidad en nuestras comunidades. Su interés, cuidado y acompañamiento de cada hermana en la realidad concreta, fue la forma en que vivió su maternidad en la Congregación.

Creo que podemos atribuirle a ella lo que el Apóstol Pablo vivió en su relación con sus comunidades y con aquellos que generó en la fe: ¿Quién es débil sin que yo me sienta débil con él? ¿Quién se escandaliza sin que yo tiemble por él? (2Co 11,29). También sí la Maestra Tecla es la única Madre de la Congregación, como ha declarado el Primer Maestro en sus funerales: «Tendrán muchas superioras, pero la Madre es única y es ella, Tecla Merlo», su manera de relacionarse, de ejercitar el ministerio de gobierno, han sido para mí un ejemplo y una enseñanza constante.

La verdadera maternidad se traduce sobre todo en la capacidad de fomentar el crecimiento de la persona en la libertad y en la responsabilidad. También en este aspecto, Maestra Tecla se ha revelado verdadera maestra y sus recomendaciones a las Superioras me han sido de gran ayuda. Acerca de la libertad, decía: «Sucede también a nosotras, cuando se nos manda hacer algo, no tenemos ganas de hacerlo, cuando en cambio se deja a nuestra iniciativa personal, entonces ponemos todo el entusiasmo y parece que todo depende de nuestra voluntad ».

Leyendo sus escritos1 llama la atención cómo ella valoraba la palabra y las acciones de las hermanas. Tenía la convicción, después traducida en su experiencia, que respetando la creatividad y la responsabilidad de cada hermana, las iniciativas se multiplican y el apostolado se desarrolla.

Creo que precisamente esta confianza y esta libertad que Maestra Tecla ha intentado infundir en las religiosas, las ha recomendado a las superioras y a las responsables de los sectores sin descanso, hayan sido dos de sus secretos que impulsaron el extraordinario desarrollo de nuestra Congregación.

Más allá de estas sugerencias de camino y de práctica en el servicio de gobierno: oración, espíritu maternal y estímulo a las hermanas y en el asumir con libertad y responsabilidad la propia vida en todo lo que ella significa, en Maestra Tecla encontramos muchas otras miles de sugerencias para vivir la toral entrega al servicio de los demás cualquiera sea la función a la que somos llamadas a desempeñar. Los escritos y las conferencias-meditaciones, todavía tienen mucho que enseñarnos y en los que podemos inspirarnos. Ella sigue recordándonos: «Aprender siempre y de todos». Es cuanto llamamos estudiosidad paulina. Y añadía « ¡Sean astutas! ». Es la sabiduría de quien no se puede permitir perder tiempo.

¡Gracias, Maestra Tecla, me has enseñado tanto! Continúa enseñandome a vivir como tú has vivido, buscando en todo, solo y siempre la gloria de Dios y el bien de las personas.

Hna. Maria Antonieta Bruscato, fsp

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1 Las palabras de la Primera Maestra son extraidas del libro Un cuor solo e un’anima sola, Conferencias – Meditaciones 1954-1963.