Tres características de Maestra Tecla

Como muchas Hijas de San Pablo de mi generación, he conocido a Maestra Tecla a través de sus escritos y por el testimonio de las Paulinas de la “primera hora”. Para mí un momento particularmente favorable fue cuando en 1994, entre las iniciativas para celebrar el centenario de su nacimiento, fue lanzado un concurso internacional y el Gobierno provincial de Italia me pidió escribir una breve biografía de Maestra Tecla.

De la Primera Maestra me llaman la atención tres características, que encuentro esenciales para una religiosa y especialmente para una religiosa a la que la providencia divina ha confiado la responsabilidad formativa y la orientación de una congregación, como ha sido su caso:

  1. El espíritu maternal. Me lamento no haberla conocido personalmente porque creo que ha sido un gran don para las Hijas de San Pablo que han podido conocerla y experimentar su acogida maternal, su benevolencia, su preocupación por las pequeñas cosas (incluida la atención a las relaciones familiares), la presencia atenta y diligente para proveer lo necesario, el ejemplo humilde y fervoroso. Con su vida dio testimonio verdadero de lo que sentía y enseñaba, ha señalado un estilo de liderazgo (para decirlo con una palabra moderna) según el corazón de Dios:
    «Nosotras no nos sentamos en la cátedra pero debemos enseñar sobre todo con el ejemplo de la oración, de la piedad, ser observantes de la vida común, ser ejemplo para todas» (CSAS 147). «Ser acogedoras cuando las hermanas llegan de la propaganda o cuando han estado mucho tiempo fuera de casa. Que sientan que son bien acogidas y que entran en su casa (…). Que realmente sientan que hay un corazón que las ama y un alma que las sigue» (CSAS 147).

  1. La obediencia confiada, pero no ciega, en las orientaciones de padre Alberione. Realmente también en su caso, como en muchos otros en la historia de la Iglesia y no solamente, al lado de un gran hombre había una gran mujer, grande en la fe, en la disponibilidad para hacer su camino probablemente no siempre bien definido, para entrar y asumir un carisma, un don del Espíritu dado al Primer Maestro pero ciertamente en buena medida también a ella. Y este don se expresó en una sabia mediación, simple pero lúcida, decidida al punto de convertirse en una referencia para tantas personas y en situaciones muy diversas.
    «El Primer Maestro es el que nos dió al vida, y por eso debemos tomar sus palabras como palabras del Evangelio. Si hacemos lo que nos dice, podemos estar seguras que no nos equivocaremos, incluso si alguna vez nos parece tan justo. ¡Quizás cuanto reza por nosotras al Primer Maestro!» (CSAS 23).
  1. La acogida y la valoración de cada diversidad, la apertura a todos los pueblos, que se traducía en apreciar cada don, cada característica humana y cada cultura. Acoger todo según la mirada de Dios; leer cada evento y todo encuentro en esta perspectiva; en todo reconocer una presencia, un valor humano y cristiano para resaltar, una expresión de bien para cultivar, para promover, para dar a conocer:
    «… tenemos un corazón grande, llevemos a todos esos pueblos en el corazón y encomendémoslos al Señor. (…) Realmente necesitaríamos sentir más amor por aquellas almas! (…) Por lo tanto nosotras debemos sentir el deber de ayudar y de rezar por toda aquella pobre gente que todavía no conoce al Señor, para que podamos tener la gracia de llevarles el Evangelio a ellos» (CSAS 38). «Para hacer el bien a las almas, debemos hacernos santas. ¡Nuestro apostolado es para hacer el bien, por lo tanto sentir el tormento por las almas!» (CSAS 143).

Me auguro a mí misma y a todas las Hijas de San Pablo de ser nosotras mismas, en nuestro cotidiano, las “mil vidas” que Maestra Tecla hubiera querido tener para poner a disposición del anuncio del Evangelio, proclamado con los medios más modernos y eficaces, animadas por el deseo de llegar a cada cultura, conscientes de haber recibido un precioso don para compartir: la gracia de la vocación paulina.

Gabriella Collesei, fsp