Testimonio de P. Carlo Dragone

SOR. TECLA MERLO Y LA PRUEBA DE LA ENFERMEDAD

Testimonio de P. Carlo Dragone,
su director espiritual en los últimos meses de vida

P. Carlo Dragone, sacerdote de la Sociedad San Pablo (1911-1974), entró en Congregación en 1925. Frecuentó a M. Tecla sobre todo a partir del año 1957 por motivos de apostolado. Fue su director espiritual, durante los últimos meses de hospitalización de M. Tecla en la clínica de Albano.

Siempre había estimado y admirado a M Tecla, desde que la conocí, poco después que ingresé a la Pía Sociedad San Pablo (1925). Varias veces tuve la ocasión de hablarle brevemente; cada encuentro, cada una de sus palabras servían para confirmarme y profundizar la estima que sentía por ella, como una persona prudente, capaz y virtuosa. Estima y veneración que crecieron desde el 1949 en adelante, cuando venía a la clínica «Regina Apostolorum», en Albano; tuve la oportunidad de encontrarla y hablar con ella más seguido y por más tiempo, por razones de ministerio y especialmente desde el 16 de junio de 1963, cuando ella se quedó hospitalizada en la clínica como paciente. Visitaba a las enfermas más graves y la primera era la Primera Maestra Tecla que cada vez me daba la bienvenida como si yo fuera un ángel enviado por Dios. Me quedaba con ella unos diez minutos, como máximo un cuarto de hora.

Después del primer ataque del mal, se había recuperado un poco y todavía podía expresarse con relativa facilidad, incluso si su palabra de vez en cuando se trababa. Después de un brevísimo saludo, me contaba su camino espiritual del día, hablábamos de temas espirituales y terminábamos invariablemente con la confesión sacramental.

 M. Tecla, mujer sabia, fuerte y justa

Estos encuentros me confirmaron siempre más en la convicción que Maestra Tecla, era un alma verdaderamente de Dios, la mujer sabia, fuerte y justa, alabada por la S. Escritura, rica de dones naturales y sobrenaturales, de aquel complejo de cualidades que la S. Escritura comprende bajo el término de justicia y que en el lenguaje moderno son contenidos en el término santidad. Todo bajo el discreto velo de la simplicidad y de la humildad.

Del co-hermano P. Doménico Spoletini conocí este episodio.

«Estábamos en tren en Viña del Mar (Chile) dirigiéndonos a Valparaíso para visitar la casa de las Hijas de San Pablo. En el asiento, frente nosotros, estaban Maestra Tecla, Superiora General de las Hijas de San Pablo y la Hermana Giulia Toschi. En un cierto momento el Fundador P. Alberione, señalándome a la Hna. Tecla me dijo: “Ves, la Primera Maestra se ha entregado totalmente a Dios con dedicación absoluta. En ella no hay una sola fibra de su organismo espiritual que no esté ordenado según la razón del Espíritu”».

Durante la última enfermedad, la fe de Maestra Tecla se manifestó en toda su simplicidad y grandeza; aceptó la enfermedad como un don de Dios. Me repetía seguido: «Cuán bueno es el Señor Jesús en darme este signo de mi próxima muerte y concederme esta recuperación para que pueda prepararme al juicio y al paraíso. Me ayude usted a utilizar bien este tiempo de preparación, quiero hacer todo el Purgatorio en esta tierra… Deseo que la enfermedad sirva para purificarme a mí misma, para obtener muchas gracias a las hermanas, al Primer Maestro, a la Familia Paulina, a la Iglesia y al Concilio Ecuménico Vaticano II».

Muchas veces renovaba estas intenciones y me decía: «Ya no recuerdo más; mi mente no es más como antes: me ayude usted, me sugiera las intenciones para la jornada».

Mujer de fe

Si M. Tecla no hubiese tenido una gran fe, no habría seguido su vocación. A los inicios, se necesitaba una fe verdaderamente heroica para dejar a la familia, abrazar un futuro incierto y mantener las tareas delicadas, difíciles y a menudo no motivadas, que el Fundador le había confiado. No fue fácil ponerse a disposición de un sacerdote que desconcertaba un poco a todos por su audacia; que por su habitual timidez y por así decirlo bien pensado, era considerado un soñador, un megalómano, un iluso, destinado a un seguro fracaso en sus obras, que para muchos parecían arriesgadas.

Quien ha vivido junto a Alberione en los primeros años de la fundación, recuerda bien cuán difícil era seguirlo siempre donde fuera. Por otro lado el Fundador no llevaba escrita en la frente la voluntad de Dios; a menudo daba disposiciones y pedía sacrificios, de los cuales no siempre, podía dar las motivaciones.

El conducía por un camino nuevo y difícil, apoyado por la providencia, que sólo saben verla los hombres de fe. Para seguirlo, se necesitaba una fe heroica, que no todos los primeros compañeros ni los primeros jóvenes la tenían.

Cientos, de hecho miles, fueron los temerosos que no supieron seguir al audaz pionero en alta mar. En cambio, la hermana Tecla Merlo no tuvo dudas, nunca dudó; en el Fundador vio siempre y solo al hombre inspirado por Dios, para una misión nueva y especial. Sólo su fe heroica explica por qué lo siguió, ayudó y defendió de mil maneras durante casi 50 años (1915-1964). Si M. Tecla, se hubiera detenido en el razonamiento humano, no habría seguido al Fundador ni por un día.

Cuando era paciente en el hospital de Albano, me hablaba a menudo del Primer Maestro; ella demostraba su inmensa estima, su incondicional devoción, su afecto tierno y fuerte que sentía por él; y todo esto solo por motivaciones de fe, no por motivos y propósitos humanos.

Una vez  en un momento de confianza, que me asombró, me reveló cuán íntima, continua y profunda era su unión con Dios, cuán dócil era su unión con el Espíritu Santo que la guiaba en la contemplación: “Cuando hago la visita al SS. Sacramento – me dijo – o cuando hago la Sagrada Comunión, en la santa hostia adoro a Jesús Maestro, el Hijo de Dios encarnado y en Él adoro al Padre y al Espíritu Santo. En Él veo todo el cuerpo místico. Dígame, ¿me equivoco, quizás? Tranquilizada continuó a seguir la moción del Espíritu Santo que actuaba en ella, como dice Santo Tomás, casi por instinto divino, favoreciéndola y sosteniéndola en lo profundo, simplificaba y profundizaba su vida interior, centrándola cada vez más firmemente en la contemplación eucarística, Trinitaria y mariana.

Con el progreso de la enfermedad, especialmente después del segundo ataque, a M. Tecla se le hizo cada vez más difícil concentrarse, reflexionar, recordar y por lo tanto continuar viviendo las prácticas de piedad, según el método utilizado en la Familia Paulina.

Al principio le costaba mucho adaptarse a la nueva situación porque temía ser responsable del hecho, de lo que ella atribuía como falta de fervor. Más de una vez me confió: « ¡Ya no puedo orar como antes! » Y dos lágrimas descendían de sus ojos; La tranquilicé diciéndole: «Ahora piense hacer el bien, así enferma, no pretenda actuar como cuando estaba sana. Lo que cuenta es hacer la voluntad de Dios y llevar su propia cruz. Diga “fiat” a esta nueva y dolorosa condición y el Señor estará feliz con usted como cuando hacía las oraciones con el método camino, verdad y vida».

Tecla, no solo se resignó a sí misma, sino que se sintió contenta de poder ofrecer este nuevo sacrificio a Dios. Cuando iniciaba una frase y las palabras se le bloqueaban, dos lágrimas surcaban su rostro, pero ella sonreía y decía inmutablemente: «Fiat voluntas Tua», o « ¡Deo gratias!», o: «Paciencia» o, más a menudo, «Paraíso, Paraíso… Si así lo quiere el Señor, también yo: ¡soy contenta!».

Una tarde me confío: «Ahora no puedo hacer más largas oraciones, ni puedo o no me dejan ir a la capilla a rezar, para hacer la visita, para meditar; me siento en el balcón aquí delante y miro el cielo, miro lo que el Señor ha hecho, sus obras y pienso en Él, así me siento unida a Él!». Así, se preparaba a la muerte.

Tecla, muchas veces me rogó con candor y simplicidad, de ayudarla a morir. Su fe se expresaba en la oración continua, sencilla, cordial y filial. Cada día se confesaba y se comunicaba. En la capilla o bien sentada en su habitación o recostada en su cama, hacía la media hora de meditación y la hora de visita a Jesús Eucaristía, el examen de conciencia, las oraciones cotidianas y luego rosarios, rosarios y rosarios.

Su única pena: « ¡Comienzo el rosario y luego me pierdo, no recuerdo los misterios! En la visita y meditación no logro reflexionar ni a recordar en el examen». «Es su cruz – le decía – llévela con paciencia y alegría, adhiriendo a la voluntad de Dios, buscando de vivir y de morir como Jesús quiere, viviendo en la presencia de Dios». Y ella me confiaba cándidamente que pensaba especialmente a Jesús en el tabernáculo y en Él adoraba a toda la SS. Trinidad.

Cuando tuvo el primer ataque del mal, un episodio me demostró especialmente cuanto M. Tecla estimaba y amaba la sagrada liturgia y tomaba parte activa, en ella. A la hora 23 del 16 de junio de 1963, fui llamado por teléfono en la clínica, para estar a la cabecera de la Primera Maestra que estaba sufriendo el primer ataque del mal y perdiendo el conocimiento.

En presencia de todas las hermanas del concilio general y de la vicaria M. Ignazia Balla, di la absolución a la enferma y administré la unción de los enfermos, impartiéndole la bendición apostólica con la indulgencia plenaria in articulo mortis; recitamos las oraciones de la buena muerte, encomendando al Señor el alma de la enferma.

Alrededor de las tres de la mañana, la Primera Maestra recuperó el conocimiento. Cuando fui a verla por la tarde, ella me dijo: «De usted deseo un gran favor y una grande gracia». «Diga, respondí». «Me gustaría recibir la unción de los enfermos porque estoy enferma. Es un sacramento que ayuda a santificar la enfermedad y el sufrimiento y a prepararse a morir bien. Pero me gustaría que me lo administre sin decirle nada a nadie, excepto a la superiora de la casa, para no impresionar a las hermanas». Cuando le dije que durante la noche había recibido no solo el sacramento de los enfermos, sino también la bendición apostólica y que le había sido encomendada el alma, quedó sumamente satisfecha, aunque no recordaba absolutamente nada.

Al día siguiente, me parece, recibió el viático. Durante su enfermedad, quería confesarse todas las tardes porque consideraba el sacramento de la penitencia, el medio más eficaz para conseguir aquella purificación que consideraba necesaria para prepararse a la visión beatífica del cielo. Dedicaba parte del día para prepararse diligentemente a la confesión de la tarde y después de la confesión expresaba su alegría y gratitud.

Varias veces me confió: «Siempre he estimado el sacerdocio, pero lo aprecio sobre todo ahora que experimento los efectos de su ministerio. Qué haríamos sin un sacerdote; ¿Cómo podríamos vivir sin él? ¡El sacerdote es Jesús! ». No puedo pensar en la confianza, respeto, docilidad y simplicidad mayores de aquellos que Maestra Tecla mantenía por los sacerdotes.

Cuántas oraciones y cuántos rosarios durante la enfermedad. Todas las tardes la encontraba sentada o en la cama, con el rosario en la mano, decidida a recitar el rosario a la Reina de los Apóstoles, a quien, creo, ofrecía todos los días, no un rosario entero como siempre lo había hecho en todos los días de su vida, sino varios rosarios enteros. El rosario era para ella uno de los medios más simples y más eficaces para elevarse en la contemplación de los misterios cristológicos y marianos de la salvación.

Maestra de esperanza

Durante los ocho meses de la enfermedad, M. Tecla fue una maestra de esperanza cristiana, como lo fue de fe y caridad hacia Dios y hacia el prójimo. Cuando hablábamos sobre las grandes virtudes eternas, como hacíamos todas las tardes, ella escuchaba extasiada. Le encantaba escuchar más que hablar y esta escucha devota y simple yo la admirada más, cuando pensaba que debería ser yo el discípulo y ella la maestra.

Tan pronto como se dio cuenta de que no sería curada sin un milagro, concentró todas sus fuerzas para prepararse al encuentro con el esposo celestial. En ella, el pensamiento del paraíso era casi continuo.

Cuando hablábamos de nuestra participación en el misterio pascual en la acción y en la pasión, en la muerte y en la resurrección, en la gracia y en la gloria, sus ojos siempre límpidos se volvían luminosos y toda su actitud demostraba cuánto saboreaba la verdad revelada.

Ya no podía hablar sin trabarse: comenzaba una frase y casi de inmediato tenía que interrumpir, buscaba una palabra para expresar un concepto y no podía encontrarla… todo esto causaba en ella un gran sufrimiento. Todavía tenía muchas cosas que decir y hacer, para iniciar y terminar. El deterioro de la palabra le costó mucho, pero ella aceptó rápidamente y generosamente el sacrificio y se lo ofrecía a Dios. Cuántas veces tuvo que interrumpir los discursos porque no lo recordaba más y no podía expresarse. Pero inmediatamente se le sentía decir: « ¡Paciencia! ¡Oh paraíso o paraíso! »

Cuando hablábamos de la vida eterna, de su sonrisa, de su mirada, de la gran atención con la que escuchaba, se podía ver que toda su vida había sido una preparación para el cielo y que ahora estaba saboreando muy de cerca, inminente. Y fue precisamente en vista del paraíso que aceptó la enfermedad, la muerte y todo el sufrimiento, como condición de que todo le sirviera de purgatorio y que enseguida después de su muerte, no se demorara un instante su ingreso en la gloria de los bienaventurados.

En la Primera Maestra enferma, admiré a la verdadera Maestra de desapego de ella misma y de todo. Sorprendida por la enfermedad en plena actividad de Superiora general de un Instituto, ahora extendido en todos los continentes, con miles de miembros y cientos de casas, cuando todavía tenía una infinidad de cosas para comenzar y terminar, para continuar y modificar. Dejó todas las cosas sin lamento, fiándose plenamente en su vicaria, de la cual varias veces la oí elogiarla y se contentaba de saber solo aquellas cosas que creían oportuno referirle, compatibles con su enfermedad.

De ella no escuché una palabra, nunca observé un signo que indicara el temor o el disgusto de tener que dejar cada vez más a los demás el gobierno del instituto. Ni tampoco expresó el deseo de recuperar tanto tiempo y salud que le permitieran hacer frente a las cosas más urgentes e importantes. Sus expresiones favoritas a este respecto fueron siempre estas: «Que se haga la voluntad de Dios. Deo gratias. Paciencia ».

Admiré su total desapego del oficio de superiora general. Me pidió consejo y me dijo: «Me gustaría dimitir… Es mejor que otra tome mi lugar para hacer lo que sea necesario para el bien de la congregación». Le aconsejé que expresara su legítima intención a los superiores y en primer lugar, al Fundador y que luego cumpliera cuanto le habían dicho. Así lo hizo. Le dijeron que se quedara en su lugar y dejara que la vicaria hiciera lo que ella ya no podía hacer. Aceptó sin objeción, con sencillez, y nunca más volvió sobre el tema de su renuncia.

En la plena adhesión a la voluntad de Dios

En la enfermedad, M. Tecla ejercitó un verdadero y magnifico magisterio de caridad. «Ninguno tiene amor, más grande de quien da la vida por los amigos». Durante toda la vida la Primera Maestra Tecla practicó la caridad hacia Dios y hacia el prójimo.

Por 49 años, desde 1915 a 1964, colaboró fielmente con P. Alberione para dar inicio y guiar a las Hijas de San Pablo. Tiempo, salud, dones naturales, virtud y carismas sobrenaturales, todo gastado en beneficio de las Hijas de San Pablo en primer lugar, luego por la entera Familia Paulina, sobretodo de la Sociedad San Pablo y por las Pías Discípulas del Divino Maestro. En la carta de Navidad así les escribía a las Hijas: « ¡Las deseo a todas santas, por esto he ofrecido mi vida!».

Afectada por la enfermedad, renovó a menudo su ofrecimiento por las Hijas de San Pablo, por el Fundador, por la Familia Paulina y su apostolado, por el Concilio Vaticano II, por el Papa, por la Iglesia y por la gloria de Dios. Le hubiera gustado multiplicarse y recordar más a menudo las intenciones de su ofrecimiento, de su oración y de su sufrimiento, al principio se entristecía porque no lograba recordarlos.

Demostraba alegría y reconocimiento cada vez que la invitaba a renovar sus intenciones, a rezar y a sufrir por alguna nueva intención. Aceptó y soportó serena la enfermedad y fue con coraje al encuentro de la muerte como la esposa va a casa del esposo.

Íntimamente estoy convencido que el mayor título de mérito y de gloria de M. Tecla, haya sido su docilidad a la voluntad de Dios. Por todo el tiempo que la conocí y tuve la fortuna de encontrarla, de hablarle, visitarla y conocer el estado de su alma, no pude notar ni siquiera una palabra, un signo, un gesto o algo que no fuera conforme a la voluntad de Dios.

Se notaba su conformidad a la voluntad de Dios, especialmente cuando no lograba expresarse como hubiese querido. Sonreía invariablemente; algunas veces derramaba una lágrima furtiva e inalterablemente decía: « ¡Como le guste a Jesús! como el Señor quiere. Se haga la voluntad de Dios. Paciencia. Deo gratias!». No perdía mínimamente su serenidad y paz habitual; también ella podría podido decir con las palabras de Dante: “En su voluntad está nuestra paz”.

No temo equivocarme al afirmar que el ejemplo más luminoso de M. Tecla es su adhesión constante, contenta, lista, a la voluntad de Dios.

Ella fue muy fiel en cubrir las deficiencias de las hermanas. De M.Tecla no escuché jamás una palabra, una alusión por cuanto velada, de las hermanas o a otras personas que la habían hecho sufrir y que le habían creado dificultades, tal vez se habían opuesto a ella y sin duda la amargaba. Y de similares personas ciertamente no le habría faltado en 42 años de gobierno y 49 de vida religiosa; no sólo lo había perdonado, sino que parecía haberlo olvidado todo.

Una noche, poco después del primer ataque de la enfermedad, tenía sobre la mesa una pila de cartas llegadas de diferentes partes del mundo donde estaban sus hijas, las cuales unánimemente habían respondido a la notificación de la enfermedad y al peligro que corría la Primera Maestra. Refiriéndose a las cartas, me dijo: «Mire cuánto son buenas mis hijas; debo confesar que esta enfermedad me ha servido más que un curso de ejercicios espirituales; Cuántas oraciones, cuántos sacrificios hacen por mí, para obtener del Señor mi sanación. Yo no merezco que me amen, me aman porque son buenas».

La Primera Maestra Tecla se impuso a la admiración incondicional de todos por la prudencia en el gobierno de su Instituto. El suyo fue un gobierno sabio y prudente que se basaba en un extraño equilibrio entre la fortaleza viril y la dulzura femenina: con su dulzura atraía afecto y con su fortaleza obtenía la colaboración obediente, responsable, alegre y generosa.

Conocí y admiré su amor por el culto divino, especialmente durante sus visitas y luego su estadía en la clínica de Albano. M. Tecla quería que la iglesia, que entonces se estaba construyendo, fuera decorosa, hermosa, grande, cómoda y adornada con mármoles preciosos. No escatimó en gastos para la construcción del edificio, los muebles y accesorios, el tabernáculo, los altares que quería lo más digno posible del invitado divino y cómodo para las religiosas.

Los sufrimientos físicos e incluso las penas morales se intensificaron durante la última enfermedad, pero nunca hizo notar que su habitual serenidad sucumbiera o se ofuscara. Incluso en los momentos más difíciles, sabía sonreír y animar a los demás. Particularmente agradecidas eran sus visitas diarias, que siempre hacía hasta que pudo, a los otros pacientes en sus camas.

Para cada uno tenía una sonrisa materna, una buena palabra, el consejo discreto, el estímulo, el acicate para santificar el sufrimiento, el consuelo y a menudo, incluso el simple regalo, pero siempre acogido con alegría como signo tangible de su corazón maternal, que no tenía ninguna preferencia. Si había alguna preferencia, era para las hermanas de los otros institutos, a las cuales a menudo daba precedencia sobre las Hijas de San Pablo. Estaba convencida y lo decía, que los huéspedes tienen el derecho a prioridad y a preferencia. Recuerdo que el M. Tecla solía decir: «Mientras más cuidemos a los enfermos de las demás instituciones, menos enfermos tendremos en el nuestro», reiterando lo que solía decir el Fundador.

En los ocho meses de su enfermedad, noté que su humor era siempre el mismo: sereno, recogido, pacífico. Nunca me di cuenta de que su profunda paz interior estaba sacudida, perturbada, ofuscada o disminuida. M. Tecla era completamente dueña de sí misma, sus acciones, reacciones y pasiones. Su equilibrio en el comportamiento externo era la revelación de su pleno equilibrio interno. Estaba muy edificado por el hecho que M. Tecla no hablaba nunca de sí misma, de lo que había hecho, visto, sufrido, dicho, escuchado y habría tenido mucho que decir, habiendo viajado por los cinco continentes.

Cuando andaba a visitarla mientras su salud se lo permitía, la encontré siempre atenta a la oración o al evitar la correspondencia que le llegaba, el tejido, el crochet o la costura. También me parece que a menudo ayudaba a las monjas en la cocina y en la costura.

En la habitación que ocupaba de enferma, no se notaba nada de diferente de lo que eran las habitaciones de los otros pacientes. Nada de lo que podría parecer competerle de derecho en virtud de su dignidad como Superiora general y de cofundadora. Al acercarnos a M. Tecla enferma, nos sentíamos inmediatamente envueltos por el encanto virginal de su mirada límpida, de su sonrisa inocente y abierta, de su discreción y diría aroma espiritual que parecía emanar de toda su persona. Parecía estar en presencia no de una mujer, sino de un ángel en forma humana; el aspecto externo era la manifestación clara e inequívoca de su corazón virginal.

Era verdaderamente extraordinario y maravilloso en ella el equilibrio entre desinhibida, sencillez y reserva virginal.

Su gobierno fuerte y materno, eficaz y ejemplar

La obediencia y la confianza del Sor. Tecla hacia el Fundador eran todo menos que fáciles y a menudo requerían un verdadero heroísmo. No pocos otros y otras, con deberes, responsabilidades, compromisos menos elevados que los de la Maestra Tecla, no supieron permanecer mucho tiempo en el lugar de colaboradores de P. Alberione. La Maestra Tecla, en cambio, permaneció por 49 años, sin un día de interrupción y sin vacilación.

Por lo tanto es, un deber especialmente importante considerarla a la luz de fiel colaboradora del Fundador, de una diligente ejecutora de sus orientaciones, una mediadora inteligente entre las hermanas y el Fundador.

No era difícil notar cómo M. Tecla vivía y trabajaba en la luz y con la fuerza del Espíritu Santo. Incluso si no poseía una extraordinaria cultura humana, tenía en una manera muy relevante la sabiduría del gobierno, que era dulce y fuerte a la vez, exigente y humano, equilibrado e iluminado; todos recuerdan con gratitud y admiración cuán inspirados y sabios fueron sus consejos, sus orientaciones, decisiones y órdenes.

Tenía en grado eminente la ciencia de la vida espiritual, de la vida religiosa, de la vida paulina, la ciencia de los santos y de Dios. El Espíritu Santo le prodigaba sobrenaturalmente la luz de la fe, la ciencia apostólica, la fortaleza práctica e hizo su gobierno fuerte y materno, eficaz y ejemplar.