Tecla, mujer de fe

Del testimonio del Padre Carlo Dragone1

Siempre había estimado y admirado a Maestra Tecla, desde que la conocí, poco después de mi entrada en la Pía Sociedad San Pablo (1925). Cada encuentro incrementó en mí la estima hacia ella como persona prudente, capaz y virtuosa. Tuve la oportunidad de encontrarla y de hablar más a menudo cuando, desde el 16 de junio de 1963, estuvo en la clínica “Regina Apostolorum” como paciente.

Después del primer ataque del mal se había recuperado y todavía podía hablar y expresarse con relativa facilidad, incluso cuando su palabra cada tanto vacilaba. Me daba cuenta de su camino espiritual del día, hablaba de argumentos espirituales y siempre terminaba con la confesión sacramental. Estos encuentros me confirmaron en la convicción que Maestra Tecla era un alma verdaderamente de Dios, la mujer sabia, fuerte y justa, elogiada por la S. Escritura, rica de dones naturales y sobrenaturales. Todo bajo el discreto velo de la sencillez y de la humildad.

En la enfermedad, la fe de Maestra Tecla se manifestó en toda su simplicidad y grandeza. Me repetía a menudo: « ¡Qué bueno es el Señor Jesús en darme una señal de mi próxima muerte y en concederme esta recuperación para que pueda prepararme al juicio y al Paraíso! Por favor me ayude a utilizar bien este tiempo de preparación, quiero hacer todo el Purgatorio en esta tierra… Deseo que la enfermedad me sirva para purificarme, para obtener muchas gracias a las hermanas, al Primer Maestro, a la Familia Paulina, a la Iglesia, al Concilio Ecuménico Vaticano II».

Muy a menudo renovaba estas intenciones y repetía: «No recuerdo más y mi mente ya no es como antes: me ayude usted y me sugiera las intenciones para el día».

Si Maestra Tecla no hubiera tenido una gran fe no hubiera seguido en su vocación. Se necesita una fe verdaderamente heroica para dejar la familia por un futuro incierto, para cumplir encargos delicados, difíciles, a menudo no motivados, que el Fundador le confiaba; ponerse a total disposición de un sacerdote que desconcertaba un poco a todos por su audacia; que por los habituales bien pensantes era considerado un soñador, un megalómano, un iluso, destinado a un seguro fracaso en sus empresas, que a muchos les parecían arriesgadas.

Cualquiera que haya vivido en los primeros tiempos de fundación, al lado de Don Alberione, recuerda cuán difícil era seguirlo, siempre y en cualquier lugar. Además, el Fundador no llevaba escrito en la frente la voluntad de Dios; a menudo daba disposiciones y pedía sacrificios de los cuales no siempre daba ni podía dar la motivación. Él conducía por un camino nuevo y difícil, que sólo los hombres de fe saben ver. Para seguirlo se necesitaba una fe heroica que no todos la tuvieron; muchos y muchas se retiraron prudentemente para no ir al fondo con la pequeña e incierta barca de su institución.

Maestra Tecla no tuvo incertezas, nunca dudó; en el Fundador ella sólo ha visto siempre y sólo el hombre suscitado por Dios para una misión nueva y especial. Sólo la fe heroica ex- plica por qué lo haya seguido, apoyado, defendido y ayudado de muchas maneras, por casi cincuenta años. Cuando era paciente en la clínica de Albano, me hablaba a menudo del Primer Maestro, demostrando la inmensa estima que sentía por él, la devoción incondicionada, el afecto tierno y fuerte. Nunca dudó en enfrentar grandes riesgos y también las críticas, con tal de poner en práctica los deseos y planes de Don Alberione.

La Primera Maestra Tecla se impuso a la admiración incondicional de todos por su prudencia en el gobierno. Su gobierno fue un gobierno sabio y prudente que se apoyaba en un raro equilibrio entre la Fortaleza viril y la dulzura femenina: con la dulzura atraía el afecto y con la fortaleza obtenía la obediencia y la colaboración responsable, alegre y generosa.

No era difícil ver cómo Maestra Tecla vivía y trabajaba en la luz y en la fuerza del Espíritu Santo. A pesar de no poseer una extraordinaria cultura humana, contaba con una gran sabiduría de gobierno. Era dulce y fuerte al mismo tiempo, exigente y humana, equilibra- da e iluminada: todos recuerdan con gratitud y admiración cuánto eran iluminados y sabios sus directivas, decisiones y mandatos.

Tenía en grado eminente la ciencia de la vida espiritual, de la vida religiosa y paulina, la ciencia de los santos y de Dios. El Espíritu Santo le prodigaba la luz de la fe, la ciencia apostólica y la fortaleza práctica que hizo su gobierno fuerte y materno, eficaz y ejemplar.

Maestra de desprendimiento y de humildad

En Maestra Tecla enferma, admiré a la ver- dadera Maestra de desapego y humildad en todo. Sorprendida por la enfermedad en ple- no apogeo de Superiora general de un Instituto difundido ya en todos los continentes, con miles de miembros y centenares de casas, tenía una infinidad de cosas por iniciar y ter- minar, por continuar y modificar. De ella no escuché nunca una palabra, ni observé nunca una muestra que indicase el temor o el disgusto de tener que dejar a otras el gobierno del Instituto. Nunca expresó el deseo de recuperar tiempo y salud que le permitiesen hacer frente a cosas más urgentes e importantes. Sus expresiones eran siempre éstas: «Se cumpla la voluntad de Dios. Deo gratias. Paciencia».

Admiré su total desapego del oficio cuando me pidió consejo, diciéndome: «Me gustaría renunciar… Es mejor que otra tome mi puesto para poder hacer todo lo necesario para el bien de la congregación». Le aconsejé manifestar su intención a los superiores legítimos, y ante todo al Fundador y después atenerse a cuanto le dijeran. Así hizo. Le dijeron que quedara en su puesto y que la vicaria hiciera lo que ella no podía hacer. Aceptó sin objeción, simplemente y nunca más volvió al argumento de la renuncia.

Una vez me hizo una confidencia que me asombró, y me reveló cuán íntima y profunda fuese su unión a Dios, cuán dócil fuese su unión al Espíritu Santo, que la guiaba en la contemplación: «Cuando hago la visita al Smo. Sacramento – me dijo – o cuando recibo la S. Comunión, en la Hostia Santa adoro a Jesús Maestro, el Hijo de Dios encarnado y en Él adoro al Padre y al Espíritu Santo. En Él veo todo el cuerpo místico. Me diga ¿me equivoco?».  Asegurada,  continuó  aceptan- do la moción del Espíritu Santo, que actuaba en ella, «casi por divino instinto», que la favorecía con estas profundas inspiraciones y simplificaba su vida interior, centrándola sólidamente en la contemplación eucarística, trinitaria y mariana.

Más de una vez me confió: «Ya no logro re- zar» y dos lágrimas descendieron de sus ojos. Una tarde me dijo: «Ahora ya no puedo hacer largas oraciones, ni me dejan ir a la capilla a rezar, a hacer la visita, a meditar; me siento en el balcón y contemplo el cielo, miro lo que el Señor ha hecho, sus obras… y pienso en Él, ¡así me siento unida a Él!».

Era fidelísima al propósito de cubrir las faltas de las hermanas. Nunca escuché ni siquiera una alusión muy velada, respecto a personas que la habían hecho sufrir o amargarla. No sólo había perdonado sino que parecía haber olvidado todo.

Una tarde, poco después del primer ataque del mal, tenía sobre la mesa varias cartas llegadas de distintas partes del mundo. Me dijo: «Mire cuán buena son mis hijas: cuántas oraciones, cuántos sacrificios hacen por mí, para obtener mi salud. Esta enfermedad me ha servido a mí y a mis hijas, más que un curso de ejercicios. Yo no merezco que me quieran mucho, pero me quieren mucho porque son buenas».


1  Carlo Tommaso Dragone (1911-1974), una mente excepcional por su amplitud y profundidad. Su Diario spirituale es un verdadero tesoro de experiencias místicas vividas en la cotidianidad paulina.