Te he llevado sobre mis hombros

El primer encuentro con la Primera Maestra Tecla ocurrió aún antes de mi entrada en la congregación de las Hijas de San Pablo. Las hermanas de la comunidad de Cagliari hablaban en todos los encuentros de su rol y de lo que ella representaba para la Congregación y para cada una. Aún antes de llegar a Alba, la mirada profunda de Maestra Tecla se había esculpido en mi corazón. Pero el verdadero primer encuentro con ella fue casual y para mí muy sorprendente.

Entré en la Congregación el 5 de mayo de 1961, en Alba; justamente en esos días se notaba en Casa Madre grandes preparativos, ya que se esperaba una visita de la Primera Maestra. El movimiento de las hermanas en casa y en los repartos de apostolado era frenético. Nos asegurábamos que todo fuera esplendente y brillante para su llegada. Sobre todo, yo percibía en los ojos de las hermanas una alegría profunda, como cuando se prepara una gran fiesta o se espera a una persona muy importante. No contenía más el ansia, la alegría y también una cierta curiosidad, en espera de encontrar a la Primera Maestra y de conocerla personalmente.

El día de su llegada nos dispusimos todas bien alineadas, formando una larga fila, a comenzar por las hermanas mayores hasta las últimas jóvenes llegadas. El automóvil de la Primera Maestra pasó ante aquella larga fila entre aplausos y cantos de bienvenida. En los días sucesivos, la veía en la iglesia, siempre de rodillas, las manos juntas y la mirada dirigida al tabernáculo, aquella misma mirada que me era familiar y que la llevaba dentro de mí.

Recuerdo a la Primera Maestra Tecla durante las recreaciones: doblaba la ropa apenas lavada con las hermanas, o limpiaba la verdura, con tanta sencillez y desenvoltura; gozaba de nuestra compañía y naturalmente nosotras de la suya. Vino finalmente al grupo del cual formaba parte para un encuentro y un poco de recreación, feliz de hacer bromas entre nosotras y de hacernos muchas preguntas sobre nuestra familia y sobre el lugar de nuestra proveniencia, etc.

Al llegar mi turno, le dije que venía de la Cerdeña. La maestra de formación se acercó preocupada porque decía que yo estaba muy pálida. Pero la Primera Maestra le respondió: «Puedes estar tranquila, los sardos son de color olivastro, no son pálidos, son fuertes como los robles». Cuando le dije que era la primera de siete hijos, quedó asombrada por mi valor de dejar la familia y al mismo tiempo fue agradecida y admirada por la generosidad de mis padres. Esta breve conversación me puso a mi gusto, y aquella sonrisa materna y benévola quedó impresa profundamente en mi memoria. En los días sucesivos, hacía de todo para encontrarla a lo largo del jardín o en los corredores de la casa, pero ¡no tuve mucha suerte!

La Primera Maestra regresó a Alba al año siguiente y de nuevo nos dio una conferencia, hizo la recreación con nosotras y nos animó a conservar la alegría y la serenidad y a amar la oración y el apostolado, a ser fieles a nuestra vocación. ¡Háganse santas! Repetía.

Mientras nos miraba a todas, se me acercó y me preguntó: «¿Estás bien?». Me sorprendió un poco, pero inmediatamente le dije que sí. «¡Camina hacia adelante con serenidad – me respondió – se ve que estás bien, eres fuerte como tus robles!». Así la he visto y así quiero recordarla: no solo por su riqueza espiritual no común, sino sobre todo por su gran corazón de madre sencilla, humilde y fuerte.

La gracia más bella y testamentaria para mí, ocurrió el 3 de febrero de 1967, a la traslación de sus restos del cementerio “Verano”, a casa, en la sub-cripta del Santuario Maria Regina de los Apóstoles en Roma. Después de una breve pausa del coche fúnebre en vía Antonino Pio, fuera del portón, el ataúd fue llevado devotamente sobre los hombros de ocho Hijas de San Pablo, elegidas entre las más fuertes. Entre ellas estaba yo.

Tres días después partí a Estados Unidos de América. La misión estaba comenzando. Me sentía fuerte y tranquilizada. Sentía a la Primera Maestra muy cerca, a ella que la había llevado sobre mis hombros.

Gracias, Primera Maestra, por haberme mirado, animado y enviado.

Fidelis Saba, fsp