¡Primera Maestra, sálvanos!

Era el mes de diciembre del año 1991. Los años han pasado, pero la experiencia vivida ha quedado en mi corazón como si hubiera sucedido ayer.

Me encontraba en Kisangani, Congo, y desde hacía algunos días la ciudad era invadida por una multitud de soldados de guerra. Reinaban soberanos el desorden, el saqueo, el miedo y la muerte. Todos los habitantes estaban encerrados en sus casas. Una ciudad fantasma. Nosotras también estábamos encerradas en la casa por miedo a los militares que pasaban a pedir, a veces por la fuerza, especialmente en las comunidades religiosas y parroquias, medios de transporte. Nadie podía salir o tenía el coraje de dar una mirada fuera de la puerta, y mucho menos por las ventanas, para ver qué pasaba en la calle. Los disparos crepitaban en todas partes y el miedo invadió nuestros corazones.

Nuestra casa está ubicada en el borde de la calle principal. En la comunidad éramos tres. En un cierto momento, se produjo una aparente calma, las armas permanecieron en silencio, incluso en las calles circulaban sólo los soldados bien armados y drogados. Una hermana tuvo el valor de salir por el portón para darse cuenta de la situación. Todo parecía tranquilo. De improviso se encontró delante con algunos jóvenes militares bien armados, con malas intenciones. Trató de retirarse rápidamente, pero fueron más rápidos, impidiéndole con los pies cerrar el portón. Se encontró cara a cara con soldados armados, con ojos rojos y malos. Una segunda hermana, viendo a la otra en peligro, acudió en su ayuda. Los soldados estaban preguntando por nuestro auto e insistieron porque querían entrar.

Yo, que estaba en casa, salí. Afortunadamente no me vieron y, rápidamente, volví a entrar. Aterrorizada, fui a la capilla, de rodillas, con las manos en alto, recé a la Primera Maestra Tecla: Primera Maestra, sálvanos. Me quedé con las manos levantadas en señal de súplica. ¿Qué podría haber hecho en ese momento si no sólo rezar? Si los soldados hubieran entrado, no nos habrían dejado con vida y si vivas… casi muertas. Las hermanas me dijeron que en cierto punto los ojos de los soldados se apaciguaron y se fueron. Nos hemos encontrado las tres abrazadas en la capilla, emocionadas y llorando porque había pasado el peligro.

Gracias Primera Maestra por estar con nosotras y salvarnos. Y quién sabe cuántas veces en esos días, discretamente, has salvado a tus hijas del Congo.

Tecla, Primera Maestra,

No te he conocido,
pero de ti he sentido hablar.

No te he conocido,
pero he leído de ti y sobre ti.

No te he conocido,
pero he visto y sentido tus ojos penetrantes
y bellos.

No te he conocido,
pero me han hablado de tu oración,
de tu humildad,
de tu fe.

No te he conocido,
pero a las nuevas generaciones
hablaré todavía de ti.

Carla Dugo, fspRoma, Casa generalizia