Mis recuerdos más bellos de la Primera Maestra Tecla

Entré en la Congregación a los veinte años, en 1955. Siendo aspirante, pensaba que Maestra Tecla era una hermana como las demás, pero luego alguna de mis compañeras me hizo entender que ella era la Cofundadora y empecé a mirarla con más atención. Pero no me acercaba demasiado a ella, porque era muy tímida y la consideraba una persona demasiado importante y “en alto” para mí.

La impresión más intensa que tuve de ella ha sido en el Santuario Regina de los Apóstoles, en Roma, mientras oraba. Su posición y su recogimiento me daban la impresión que fuese muy concentrada en Dios y pensaba que el Fundador había hecho bien en elegirla como nuestra Cofundadora. Me parecía una verdadera alma de Dios”: estaba arrodillada pero sin apoyar ninguna parte de su cuerpo en el banco. La veía como modelo y me decía: “Si ella es nuestra guía y vive así, también yo quiero ser como ella. ¿Llegaré a ser tan santa como ella?”.

Cuando nos hablaba, comunicaba su pensamiento con mucha convicción: pocas palabras, pero muy prácticas, que descendían a la vida concreta. En las conferencias de los domingos era fuerte, clara, insistente sobre la necesidad de estar muy bien radicadas en nuestra espiritualidad sin diluirla con otros contenidos que estaban de moda.

Maestra Tecla viajaba mucho para visitar a las hermanas en los distintos países donde la Congregación estaba establecida. Cuando regresaba nos contaba todo lo que había vivido en contacto con las hermanas, con la población local, con los países visitados… y esto despertaba en nosotras gran sentido misionero, nos hacía apreciar la belleza y los desafíos de nuestra vocación. Además, sabía comunicar sus expectativas y dar consejos con alegría: nos hacía reír con anécdotas, narraciones y chistes que hacían muy agradables los encuentros con ella.

Otro aspecto que me llamó la atención fue su espíritu de servicio: varias veces la vi en la cocina con las otras hermanas a pelar las papas, lavar los platos, “hacer las tareas”, servir. Yo estaba realmente interesada, en ver cómo vivía su vida cotidiana tanto que a veces, después de almuerzo, escapaba de nuestro comedor e iba a Casa generalicia, para ver qué hacía y cómo lo hacía.

Una de las pocas veces que he hablado personalmente con la Primera Maestra ha sido cuando ella me ha pedido de ir a ayudar a la hermana “sacristana” en el Santuario. Me ha dicho: «Me gusta ver cómo vas al altar, cómo limpias y cómo haces los varios trabajos. Se nota que entiendes la importancia de la liturgia». Me he sentido observada por ella y me he sentido feliz.

Con motivo de la primera profesión, Maestra Tecla nos recibía para darnos algunas directivas, y algunos consejos. Para la experiencia apostólica de postulante, fui mandada a Reggio Calabria. Me encontré muy bien con las hermanas, que me demostraron su afecto y su aprecio. Maestra Nazarena, que era nuestra maestra de noviciado, me repetía categóricamente que no volvería a Reggio Calabria y que debía desapegar el corazón de aquella comunidad. Quedé muy sorprendida de que Maestra Tecla, en nuestro encuentro, me dijo: «Tú vuelves a donde estabas porque las hermanas te quieren en la librería».

Yo era hija de un ferroviario, y, como tal, tenía la posibilidad de viajar en tren gratuitamente. En congregación las hijas de los ferroviarios eran llamadas chistosamente “hijas del tren”. Por este motivo he viajado en tantas ocasiones para llevar paquetes de libros, catecismos y revistas a las librerías de varias ciudades. En aquellos tiempos viajábamos de día y a lo largo del camino dejábamos los paquetes a las hermanas que nos esperaban en la estación; luego continuábamos el viaje hacia las metas sucesivas. Recuerdo los viajes hechos con ocasión del nacimiento de nuestra revista Così: Fui varias veces a Bari y a Taranto para dejar paquetes de 100 revistas cada uno. También para la difusión de los textos escolásticos he hecho muchos viajes a Salerno y a Nápoles.

Cuántas carreras para tomar los trenes, cambiar estaciones, entregar a tiempo. Después de terminada la entrega, se volvía a casa de noche, con el primer tren disponible. Recuerdo que, en el año de noviciado, justo la noche de Navidad, volviendo a casa de estos viajes me sentí débil durante la Celebración Eucarística. La maestra y la asistente se asustaron mucho y me llevaron al hospital, donde descubrieron que había cogido la fiebre tifoidea. Quedé en Albano por tres semanas y esto creó una cierta preocupación acerca de mi futuro en la congregación, pero tranquilizadoras fueron las palabras de Maestra Tecla: «Tus maestras me han preocupado porque estás muy delgada, pero yo te veo fuerte. Puedes ir adelante con confianza».

El ejemplo, el estilo de vida y la enseñanza de la Primera Maestra me han acompañado siempre en la vida.. Cuando tuve momentos difíciles y duros, también a nivel apostólico, siempre he recordado su fortaleza y las convicciones profundas que la animaban: para mí ha sido una verdadera MAESTRA de vida.

 

 

Le tue maestre mi fanno preoccupare perché sei molto magra e pallida, ma io ti vedo forte. Va’ avanti con fiducia.
Maria Grazia Nume, fspMissionaria della Repubblica Domenica