Maestra Tecla: una mujer realizada

Entre los dones más grandes recibidos del Señor también considero aquel de la cercanía entre la casa en la cual nací y viví y la sede de los Paulinos en Roma, en la zona de San Pablo. Esto para mi vida ha significado mucho. En efecto, mientras P. Alberione, hacia los años 30, hacía construir en Roma las primeras casas para los Paulinos, mi papá hacía construir un edificio para mi familia (muy numerosa: 8 hermanos, entre los cuales después 4 hermanas religiosas, 2 entre las primeras Hermanas Pastorcitas). Nuestros terrenos lindaban y ni siquiera tenían los muros que hoy los separan.

Entre P. Alberione y P. Timoteo Giaccardo con mi papá tenían mucha amistad y colaboración, por lo que muchas veces venían a nuestra casa. Pero, también después de la muerte de mi papá (1939, un año después de mi nacimiento), P. Alberione continuó a venir a nuestra familia, para confesar o llevar la comunión a mi hermana que estuvo inmovilizada por tres años.

También Maestra Tecla Merlo en aquellos años vino alguna vez a mi familia. Yo guardo un bellísimo recuerdo de ella, lleno de gratitud. Sentimiento compartido por todos mis familiares. La recuerdo como una mujer simple, decidida, capaz, una mujer muy humana en relación con mi madre, viuda con ocho hijos pequeños y hacia nosotras (en los diez días que siguieron a la muerte de mi padre, quiso que mi hermano y mi hermana, de cinco y siete años se quedaran en su casa).

Después cuando fui creciendo, me preguntaba “que cosa tenían de extraño” mis dos hermanas mayores para haber hecho “una elección tan extraña como el convento”, descubrí en Maestra Tecla ¡una mujer que en la vida consagrada se estaba realizando verdaderamente!…

Nosotros, hermanos formábamos parte de la Acción Católica, los primeros en la parroquia de la basílica de San Pablo, los otros en la capilla de la Colina Volpi (aunque nuestra parroquia era el Buen Pastor en la Montagnola). Nos acompañaba una Hija de San Pablo; algunas veces nos encontrábamos en su casa para los recitales, para rezar en su capilla o para encontrarlas en la imprenta. En su comunidad he vuelto a ver alguna vez a la Primera Maestra. Para mí fueron años bellísimos: una adolescencia y juventud serenas. Las Hijas de San Pablo, nos han ayudado mucho y bien, como hermanas. Recuerdo a hna. Carmelina, hna. Giuseppina, hna. Eulalia, que luego partió para Corea y Maestra Assunta, que realizó algunos encuentros y otras.

¡Creo que la Primera Maestra Tecla haya dado el “la” a las Hijas de San Pablo y a toda la Familia Paulina!

Mi madre contaba que, cuando mi primera hermana Pastorcita hizo profesión religiosa (1940) en Genzano, la Primera Maestra junto a otras Hijas de San Pablo, fue a buscarla a casa y la acompañaron allí; y fue ella quien propuso al Primer Maestro, el nombre de mi padre para mi hermana (Agustín), muerto de poco tiempo y así sucedió. Cuando mi otra hermana se casó, la Primera Maestra, le regaló un bellísimo encaje blanco. Pequeñas/ grandes cosas, expresión de un corazón grande, feliz de dar a todos.

Mis encuentros con Maestra Tecla continuaron también después de mi entrada con las Hermanas Apostolinas. Además, de las celebraciones de Familia Paulina, recuerdo un día de 1957 en Castel Gandolfo: no había entrado todavía en comunidad y mientras estábamos en el patio, llegó ella y sin descender del auto, me entregó una pequeña grabadora. «Así podrán registrar las meditaciones del Primer Maestro», me dijo. ¡En efecto, nos ha sido muy útil! Después, en 1958, luego de la decisión que deberíamos llevar habito religioso; preparamos uno y ella, junto al Primer Maestro, vino para dar la aprobación.

Cuando en 1961 se realizó la primera Muestra vocacional en Alba, las Hijas de San Pablo habían preparado diversos paneles sobre la vocación en general. El Primer Maestro deseos que se nos dieran a nosotras, que estábamos iniciándonos en este campo. Entre ellas alguna objetó, haciendo presente a la Primera Maestra los gastos y el trabajo abordado… Y ella, tranquila: « ¡Y ustedes vean también como despachar los paneles a Castel Gandolfo!». Cuando me lo contaron, les confieso que probé más alegría por la magnanimidad de la Primera Maestra, que por los paneles recibidos (también muy agradecidos… entonces yo estaba encargada de las Muestras vocacionales). Su estilo abierto y generoso ha quedado como una característica de las Hijas de San Pablo.

La volví a ver todavía, sufriendo, en la clínica Regina Apostolorum de Albano, em sus últimos momentos, donde nos acogió con una dulce y luminosa sonrisa. Pienso en sus últimas palabras (pronunciadas en otras ocasiones): « ¡Se cierran los ojos de acá y se abren allá, y se ve Dios: que bello!».

En octubre de 1985 he tenido la bella oportunidad de dar un pequeño testimonio de ella en la Curia diocesana de Alba.

Agradezco profundamente al Señor por haber encontrado a Maestra Tecla y espero también volver a encontrarla.

Nazarena De Luca, ap