Ha sido madre y un faro luminoso

Ser madre no es un apelativo de carácter temporal; es una realidad que va más allá del espacio y del tiempo. Lo es por una maternidad corporal y por una maternidad espiritual. Madre es quien acoge la vida en todas sus expresiones; madre es quien sabe comprender y amar, incluso cuando no se le reconoce su realidad, su misión. Realidad y misión que permanecen también cuando los hijos se alejan de ella, olvidando sus abnegaciones y su amor gratuito.

Madre es la mejor definición de la Primera Maestra. «Tendrán muchas maestras – afirmó el Fundador – pero una sola madre».

Recuerdo mi primer encuentro con esta madre maravillosa. Fui a visitar a la comunidad de las Hijas de San Pablo en Nápoles/Capodimonte. Me habían comunicado, con palabras llenas de entusiasmo, que en esa comunidad se encontraba también la Superiora general, Maestra Tecla. Anteriormente y en varias ocasiones me habían hablado de ella, con palabras que expresaban afecto, veneración y amor filial. Yo por educación familiar, estaba acostumbrada a no dejarme llevar por los sentimientos que me suscitaban las palabras y emociones de los demás, esperé hasta que ella apareció: una figura majestuosa y dulce, con una mirada penetrante, con palabras simples pero llenas de humanidad y de amor. A su cordial saludo siguió su interés por mí, por mi numerosa familia, por los estudios a los asistía, por mis aspiraciones, mi interés en relación a la espiritualidad y misión paulina. Me llamó la atención su capacidad de comprender personas y situaciones, de saber amar a todos. Me preguntó qué me gustaría hacer en el futuro. Porque en esos años yo enseñaba, aunque todavía asistía a las escuelas superiores, me aseguró: «También con nosotras podrás enseñar». ¡Tenía razón!

El primer encuentro con la Primera Maestra Tecla dejó en mí un signo y una certeza: el Señor estaba poniendo a mi lado a aquella que sería un faro que iluminaría mi camino religioso. Incluso en momentos y períodos difíciles, ella solo ha pronunciado palabras estimulantes, iluminantes e iluminadoras, palabras que solo una madre puede pronunciar.

Abro el libro de los recuerdos. La vuelvo a ver en la capilla, arrodillada, absorta en oración, con los ojos hacia el tabernáculo. Vuelven a aparecer en la memoria los encuentros personales y los comunitarios, cuando los domingos nos reunía para hacer pequeñas o grandes recomendaciones, para comunicar las alegrías y las preocupaciones de los pueblos visitados en los diversos Continentes, para invitar a rezar por las nuevas iniciativas apostólica, para transmitir las indicaciones recibidas del Fundador, para invitar a llevar una vida siempre más fundada en la fe.

En el libro de mi memoria hay una página muy importante en relación al período del Concilio Vaticano II. Gracias a su profunda sensibilidad y amplitud de miras hemos conocido en vivo la universalidad de la Iglesia, las problemáticas del Tercer Mundo y las expectativas de los pueblos. Y nos hemos comprometido en “hacer algo” para los hermanos y hermanas. La Muestra de la Iglesia nos ha visto empeñadas en primera persona en su preparación, implementación y animación.

Al esbozar – si bien en pequeños trazos – la figura gigantesca de Maestra Tecla no puedo pasar por alto la activa y eficaz colaboración con don Alberione y con las fundaciones de las instituciones paulinas, el amor a los sacerdotes y a la Familia Paulina, el ansia y el ardor apostólico.

El último encuentro con Maestra Tecla adviene estando hospitalizada, con serenidad y consciencia de ser madre, se preparaba para dar el último saludo a sus “hijas” para ir al encuentro con su Señor y Dios. Estaba lúcida. Me preguntó por mi mamá que había encontrado en Nápoles (años atrás la había visitado en la casa de familia), y me saludó con gestos y palabras muy amorosas. Estaba conmovida.

Comprendí que ese sería mi último encuentro con quien había sido mi nueva madre.

El 5 de febrero de 1964, la Primera Maestra, después de haber viajado por tierra, mar y cielo, hizo su último y definitivo viaje, volando al cielo, donde fue recibida entre los brazos de Dios.

Han transcurrido 56 años desde que el Instituto quedara huérfano de su madre y superiora general. Pero ella sigue caminando con nosotras, velando por el Instituto, siendo aquel faro luminoso que ilumina el camino de sus “hijas” come madre vigilante y amorosa.

Anna Pappalardo, fsp