En camino: el viaje en subida

El viaje es una de las metáforas de la vida, ya sea que se trate de un viaje hacia una meta precisa o un viaje como una oportunidad para conocer, encontrar personas, vivir situaciones nuevas capaces también de cambiarte la vida. Lo confieso, desde que era niña cada vez que se me presentaba la oportunidad de hacer un viajecito, la cogía al vuelo. Así fue que acepté la invitación de hacer el viaje de Brescia – Alba para participar en un curso de Ejercicios espirituales, aunque no estaba demasiado interesada. Y así fue que conocí a las Hijas de San Pablo, en de marzo de 1950: religiosas – a primera vista – tan diversas de mi imaginación de… no parecerme religiosas: sonrientes, dinámicas, capaces de llenarme de curiosidad por su forma de vida tan simple y pobre, por su estilo de oración que todos los días las “clavaba”en adoración por una hora y no por una hora al año, como me sucedía a mi durante las Cuarenta horas. Tantas sorpresas y admiración, pero la idea de hacerme religiosa no me había aflorado en absoluto como dije con franqueza, cándidamente a la hermana que siguió el Curso y que en cierto punto me hizo la pregunta.

Pero el 19 de marzo, fiesta de San José y el último día de los Ejercicios, la Providencia dispuso que encontrase a un hombre de Dios (P. Stefano Lamera) que me abrió los ojos sobre mi futuro; percibí claramente que allí el Señor me esperaba para que caminase por la senda que Él había trazado para mí. No todo era claro, pero suficientemente clara era la idea de gastar la vida por el Evangelio. Cuando en el verano de aquel Año Santo las hermanas de Brescia organizaron una peregrinación a Roma, abierta a las jóvenes que mostraban signos de vocación, naturalmente participé. Para mi gran sorpresa, al llegar a Via Antonino Pio para pasar la noche, tuve la sensación de haber llegado a casa, contenta de empezar a conocer hermanas con las cuales habría de compartir mi vida en un tiempo no muy lejano. Pero el hecho más hermoso, fue el encuentro en una madrugada, con la Primera Maestra, de quien tanto había sentido hablar, un encuentro breve, que superó mis expectativas: sentí que ya la amaba mucho y capté su benevolencia.

Me sucedía a menudo cuando iba a rezar, encontrarla mientras salía del Santuario, con sus libros y el rosario entre sus dedos, envuelta totalmente en un chal, con una expresión radiante pero también muy atenta y rápida a devolver el saludo que yo le dirigía. Más aún, era feliz, cuando lograba alcanzarla y bajar con ella a la Cripta o cuando me tocaba encontrarme en el mismo banco, esperando para confesarme. Era hermoso observarla mientras rezaba, más bien, sorprenderla rezando, cuando ella pensaba que estaba sola frente a su Señor y Maestro, como sucedía en la Capilla contigua a su estudio en el primer piso de la Casa general. Luego hubo encuentros más oficiales, aquellos del domingo: todas corríamos alegres e incluso un poco ruidosamente hasta que su voz nos silenciaba deseosa como nosotras por escucharla. Con sencillez nos ponía en el clima de la liturgia y siempre traía de su corazón palabras inspiradas en el Evangelio haciéndolas más convincentes por la lectura sapiencial que ella hacía. Reconozco que algunas convicciones de fe las debo a estas lectio ante litteram.

En aras de la gratitud, me parece oportuno dar testimonio de lo mucho que Maestra Tecla, ha estado cerca de mí y de mis parientes en el duelo severo que nos golpeó por la muerte prematura de mi madre (junio de 1954 – Año Mariano). «Tu familia te necesita, especialmente tu hermano y hermana adolescentes, me dijo, cuando me encontró en verano en Brescia, en la visita canónica a la comunidad.

Tranquiliza a los tuyos… Ya le dije a tu Maestra que, además de dejarte en casa durante el verano, te envíe con tu familia en los tiempos de Navidad y Pascua, hasta que sea necesario». Con el paso de los años, y en el ámbito en el cual me movía, tuve muchas oportunidades de acercarme a la Primera Maestra. La misma Maestra Assunta, consejera general y responsable de las oficinas del “Centro”, favorecía estos encuentros de nosotras jóvenes para tener la oportunidad de conocerla mejor, para captar su sentir apostólico. A mí misma me pasó tantas veces para informarla en mérito de alguna iniciativa, para pedirle su consejo o su aprobación con respecto a algunos proyectos.

La Prima Maestra siempre estuvo disponible, escuchaba y no hacía esperar su respuesta. Más de una vez, antes de despedirme, me daba una recomendación que tenía casi el tono de una súplica: que al “Centro” siempre se mirase a la imparcialidad; que el Raggio tuviese en el corazón todos los sectores, tanto para proporcionar información como para promover la difusión. Y cuando ella me decía esto, percibía en ella una especie de preocupación por todo lo que de alguna manera podría impedir que sus hijas fuesen un solo corazón y una sola alma, en la vida y en el apostolado.

La Primera Maestra estaba fascinada con el pensamiento del Paraíso para que todo la llevara hacia la santidad. Quizás se preguntaba qué podría hacer por sus Hijas, para que a ninguna de ellas les faltara el apelo final. Una cosa más: ofrecer su vida por su santificación. Lo hizo el 28 de mayo de 1961, fiesta de la Santísima Trinidad. Este ofrecimiento fue ciertamente agradable para el Señor si después de unos meses la salud de la Primera Maestra comenzó a dar señales, cada vez más alarmantes.

El mismo Primer Maestro seguía con aprensión el curso de lo que demostró la última hospitalización. Nosotras, las jóvenes tuvimos la oportunidad de visitarla dos días antes de su muerte, nuestros ojos se volvieron en vano buscando coincidir una última mirada mientras se fijaban instintivamente en las manos unidas: digna, como siempre, nuestra Madre había llegado al umbral. Y el 5 de febrero, el día de una santa virgen y mártir, Ágata, la preciosa, Tecla exhaló su último respiro.

Las crónicas de la época se refieren a nosotras con gran cantidad de detalles, las solemnes exequias, los testimonios que hablan del heroísmo de sus virtudes… Altamente significativo el perfil trazado por el Primer Maestro, el hombre de Dios que mejor conoció a la joven Teresa y la había orientado a la misión que Dios había proyectado para ella; sólo él podría revelarnos los secretos que eran de Tecla: humildad y fe, el camino de su santidad y señalarlos a nosotras para que siguiéramos sus pasos. Puedo decir que en aquellos días, no sólo estuve físicamente presente a lo que sucedía, sino que todo quedaba grabado profundamente en mi corazón, mientras vivía la dolorosa experiencia de la muerte de Ella, que fue mi Madre de Vida.

Siento que no puedo dejar pasar el recuerdo de otro momento fuerte vivido unos cuarenta días más tarde, en la víspera de San José, como era habitual encontrarse con el Primer Maestro para darle los saludos de su onomástico. En el gran salón, atestado como de costumbre, el tono festivo de otras reuniones no se sentía y los pensamientos de todos se dirigieron a la gran Ausente. En ese silencio antinatural, la misma Maestra Assunta que solía presentar sus buenos deseos en nombre de todos, se sentía perdida mientras trataba de contener sus lágrimas, escuchó un suave llanto de todas.

El Primer Maestro, que tal vez lo había previsto, en un tono tranquilo y amable, nos dijo: «No quieran entristecerse demasiado… ¡la Primera Maestra no está ausente, ella está presente! Está presente en ustedes que quieren vivir el espíritu… Y luego necesitábamos una superiora allá donde se ha formado una cierta comunidad… no la sientan lejana, sino cercana. Ella fue a prepararles el lugar… Adelante con serena alegría esperando pasar allá donde las espera la Primera Maestra…».

Yo y todas nosotras que la hemos conocido y las Hermanas más jóvenes, tenemos una gran deuda en relación con Maestra Tecla: una deuda de gratitud por habernos, trazado el camino con su vida y por haber ofrecido su vida para que todas nosotras correspondamos a las gracias vinculadas a este regalo: “¡Las quiero a todas, santas!”

“Recemos las unas por las otras –como sugiere el último artículo de las Constituciones- a fin de que el Padre que ha comenzado en nosotras esta obra de santificación, la lleve a término hasta el día de Cristo Señor”. Esta es la mejor manera de contribuir al reconocimiento de la santidad de Maestra Tecla y acelerar así los tiempos de su glorificación.

Maria Lucia Righettini, hsp